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sábado, abril 20, 2024
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Inclusión social

Internos de una cárcel armaron una carpintería para fabricar sillas y mesas para escuelas y jardines

La iniciativa funciona en un penal de San Martín; una ONG les consigue los materiales y promueve la formación en oficios como carpintería y herrería; para producir más, piden más donaciones

“Acá adentro, que alguien que viene de afuera se te acerque y te diga que te quiere ayudar no es nada común”, explica Pablo en referencia a la primera vez que le ofrecieron sumarse al taller de carpintería y herrería con fines solidarios.

Ese día, recuerda, fue una mujer de 81 años la que le propuso sumarse al proyecto. Hoy, él y sus compañeros de la Unidad N° 48 del Penal de San Martín dedican sus días a fabricar mesas, sillas y bancos para donar a jardines de infantes.

Hace tres años que Pablo, Víctor y Fernando son referentes de un grupo de internos autodenominado “RxR”, como resumen la idea de “reincidir no, reinsertarse sí”. Ese grupo trabaja en proyectos solidarios y dedican sus días a reparar sillas de ruedas y hacer mesas y sillas para jardines. Ahora, acaban de sumar un proyecto muy ambicioso: construir casas prefabricadas para personas que no tienen un lugar para vivir.

“A nosotros nos dieron la posibilidad de demostrar que se pueden hacer cosas buenas desde adentro de la cárcel”, le dice Pablo a LA NACION desde el taller de herrería que funciona dentro del penal. Esa oportunidad de la que habla Pablo, y que hoy involucra a 22 internos, surgió gracias a la intervención de la fundación Corazones Abiertos, que se ocupa de conseguir los insumos, impulsar capacitaciones en carpintería y herrería, y luego articular las donaciones.

El año pasado, llegaron a hacer 20 donaciones de mobiliario a hogares, hospitales, escuelas y comedores comunitarios para las que fabricaron más de mil bancos, sillas y mesas. Esta vez, esperan superar ese número.

Pablo tiene 39 años, es de San Justo, localidad de La Matanza, y forma parte del grupo desde que empezó el proyecto. Lleva casi tres años privado de su libertad y en tres más, cuando cumpla la condena, sueña con seguir trabajando en la fundación y tener su propio negocio como herrero.

El año pasado y para el Día del Niño, hicieron unos mecedores con forma de caballito. En total, produjeron 700. La mayoría fueron donados a hogares y escuelas y algunos los destinaron a sus propios hijos. “A mí me hizo pensar en Rodrigo, que ahora tiene siete años, pero la última vez que lo vi, tenía cuatro”, cuenta Pablo. Casi no mantienen contacto porque a él le dijo que se iba a “trabajar a Uruguay”.

“Estamos bien encaminados. Yo quiero salir y seguir en la fundación, porque nos dan la oportunidad de hacer algo bueno y quiero que la oportunidad continúe”, dice y sigue: “Estando encerrados, que se te acerca alguien para decirte que te quiere ayudar genera desconfianza, pero cuando conocimos a Amalia, ninguno lo dudó”.

Amalia Bazán tiene 81 años y dirige Corazones Abiertos, una organización que empezó como un comedor para ayudar a personas en situación de calle pero fue sumando más acciones: “En el comedor, vi muchas personas buenas que terminaron con problemas con la ley. Por eso quise involucrarme y ayudar”, señala Amalia. La iniciativa se hace como parte de uno de los proyectos del programa “Más trabajo, menos reincidencia”, del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la provincia de Buenos Aires, que conduce Juan Martín Mena.

Ella y su equipo son quienes consiguen las donaciones de materiales: madera, caños, hierro, pintura, herramientas, entre otros. “Los internos que se suman al proyecto, conmigo tienen que trabajar, trabajar y estudiar”, dice Amalia y sigue: “Cuando hacemos reuniones y vienen otras personas a verlos no pueden creer lo capacitados que están”.

“Hay muchos chicos que venían con algún oficio y en la cárcel lo perdieron, pero ahora quieren recuperarlo. Muchos se preparan porque ya tienen proyectos laborales para cuando salgan”, explica Jonathan Linares, encargado de coordinar los talleres productivos de la unidad. “Este es un grupo que se diferencia mucho de otros por el compromiso que tienen”, agrega.

La idea de este aprendizaje es prepararlos para cuando recuperen su libertad y que, gracias a los talleres de los que forman parte, consigan un trabajo o sigan formando parte de la fundación como empleados. Se trata de una oportunidad clave para evitar lo que ocurre generalmente en las cárceles, donde cerca del 80% de las casi 101 mil personas privadas de la libertad no reciben ningún tipo de capacitación laboral, según los últimos datos del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación.

En la Argentina, de las 20.000 personas presas que recuperan la libertad cada año, se estima que cerca de la mitad, entre 7000 y 9000, vuelven a delinquir, a pesar de que el Estado invierte en cada una de ellas aproximadamente 10.000 dólares al año. Los datos se desprenden del informe Reincidencia en la Argentina, una radiografía exhaustiva de la problemática que el Centro de Estudios Latinoamericano sobre Inseguridad y Violencia, de la Universidad Nacional Tres de Febrero. Sin embargo, hay evidencia de que con programas laborales y educativos, la reincidencia puede bajar del del 41% actual a menos del 3%.

Este trabajo busca echar luz sobre cómo, a pesar del número preocupante de reincidentes y del “muy oneroso sistema de castigo”, el Estado “se desentiende” de las personas que, habiendo cumplido la pena, recuperan su libertad, haciendo “muy poco” para evitar que regresen a las cárceles.

“Ver a gente que recibe lo que nosotros donamos es algo que me llena el corazón de alegría. Saber que un nene iba a usar una silla que yo estoy armando me emociona”, dice Fernando, que tiene 29 años, es de La Matanza y se emociona cada vez que entregan un pedido.

Los proyectos del grupo suelen ser donaciones a distintas organizaciones pero en una ocasión decidieron hacer una colaboración interna: “Le construimos una silla de ruedas al oficial Martínez. La suya era muy grande y no podía pasar por las puertas de su casa”, explica Pablo y sigue: “Cuando los otros oficiales nos comentaron que un compañero suyo necesitaba ayuda no lo dudamos. Ayudar a otras personas se siente muy bien”.

El grupo trabaja en el proyecto de lunes a viernes, desde las nueve de la mañana hasta la tarde. “Quería aprender un oficio y me gustaba la idea de ayudar. Somos un buen grupo: muy compañeros y siempre nos preguntamos cómo estamos, porque acá muchos días son difíciles”, dice Daniel.

Actualmente, trabajan en dos proyectos: uno de donaciones de mesas, sillas, bancos y armarios para un jardín y para una parroquia. El otro es de construcción de casas prefabricadas para personas que no tienen donde vivir. Este último todavía no ha podido concretarse porque si bien la primera casa ya se está construyendo, la fundación está gestionando un acuerdo para conseguir el terreno donde colocarla.

“Estamos donde más nos necesitan y para que no les falte nada”, dice Amalia y sigue: “A mí no me interesa la cantidad de años que les den, ellos necesitan purgar lo que han hecho y ser tratados como personas. Es un cambio muy importante para su reinserción y yo estoy orgullosa de ellos”.

 

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